Eres la rosa, o el clavel.
Eres la flor que quise coger.
No desprendas de su tallo el color y lozanía.
Admírala y mírala.
No la cortes que mañana mustia estará.
Así somos las personas.
Desgajadas por quedar en vitrinas admiradas.
¿Qué será?
Una prenda arrugada y desgastada si no es amada.
Mujer, hoy celebras/celebro una llamada al viento.
Un clamor.
Un derecho.
Igualdad en oportunidades para todos los mortales.
Para ti y para mí, sin distingo de género ni origen.
Todos los seres humanos necesitamos ser respetados y tolerados.
No coloques en mi cuerpo, ni en mi mente, ataduras que a ti te placen.
No me hagas objeto, porque, como tú, soy sujeto.
Respeta mi origen y condición.
Dame aire para mi salvación.
El espacio que a mi alrededor me permita ser libre y dar rienda suelta a mi emoción.
Ser respetada y admitida como miembro de derecho en el entorno próximo y global.
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Buceando en la supervivencia.
Se supone que si se tiene esa comunicabilidad con las personas la longevidad está servida.
¿Será posible un futuro de más trecho gracias a este medio?
Aquí, nos escuchamos los latidos y nos sentimos arropados por pequeños gestos que dan a entender que no estamos solos.
Ante la pantalla, gozamos del encuentro con semejantes y discrepantes.
Manifestamos pensamientos que se comparten, como si tuviéramos largo trecho y tiempo para mantener charlas, miradas y gestos.
Hacemos de estas pantallas lugar de encuentro.
Hemos convertido el rincón solitario en que ubicamos nuestros artilugios en una ventana abierta al mundo.
No estamos solos.
Nos sentimos partícipes y parte.
Nos gusta ese toque amistoso de quienes posiblemente nunca estarán frente a frente.
Nos regalamos sonrisas y apretones. Nos besamos y abrazamos.
Sabemos de afinidades y ausencias.
Palpamos simpatías y engorros.
Unos días más y otros menos.
Nos entretenemos, pero también entregamos a pedacitos el alma que nos sustenta.
Escribimos para que alguien nos lea.
Buscamos la respuesta inmediata de lectores y lectoras.
Nos alimentamos de energías comunicativas.
Nuestro futuro depende de esta presencia.
Llenamos el hueco vacío de la existencia perecedera en el instante acumulado de esta presencia no presencial.
Virtual es real. Tanto que en ello la vida nos va.
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SILENCIOS Y PALABRAS
Nadie tendrá tu voz.
Es tu dolor.
Es tu alegría.
Exaltación de tu vida.
Nadie podrá decir que es suya.
Es única.
Es tuya.
No hay llanto que se repita.
No hay palabra ya escrita,
aunque sea igual.
Tras ella está el significado
que cada uno le da.
Digo madre,
y pienso
en todos los atributos
que le asigno a la mía.
Madre solo hay una.
Mejor manera de expresarlo no la hay.
Esa rosa.
Esa amistad.
Ese amor.
Somos seres
que asignamos
con palabras comunes
lo excepcional
de nuestra yoidad.
Entenderse en lo más profundo es conocerse.
Entonces las palabras sobran.
No hacen falta.
Las miradas lo dicen todo.
Con un gesto.
Con un silencio.
Sabrás de mi dolor antes que yo.
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Un mundo que se dilata, cuando tu mente amplifica lo por venir.
¡En la infancia hay tanto por descubrir!
La vida ante ti.
Ni la imaginas.
Ni la sabes.
Ni la puedes construir con tus deseos o sueños.
Ella se acercará a tu lecho para darles forma en ese tiempo por venir.
Tendrás el Universo a tus pies.
En el final de tu viaje, todo aquello que esperaste se centrará en ti.
Tú eras el mundo por descubrir.
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CUENTO DE NAVIDAD
Tienes el cuerpo entumecido y la boca seca. No puedes siquiera parpadear. Los ojos cerrados no consiguen desbloquear el cerrojo de oclusión que los adhiere haciendo de tu rostro una máscara de barro resquebrajado.
Los dedos duelen. Empiezas a notarlo. Todo tu cuerpo es una caverna de dolor y quietud.
Tardaste, pero al fin dormiste.
Mirabas las estrellas, tiritando de frío y hambre, mientras pensabas en tu madre que de niño pasaba a tocarte los pies fríos en invierno, y te ponía una botella caliente envuelta en un retal de manta vieja.
¡Si ella te viera!
Ella que aplaudió todos tus progresos.
Ella que se sintió la más dichosa del mundo por tener un hijo listo que iba sacando buenas notas en el colegio y que, gracias a las becas, consiguió un título que para ella fue su triunfo.
Si ella supiera que has perdido todo lo que, con tanto esfuerzo, consiguió para ti haciendo escaleras y limpiando váteres.
Cuando se fue, lo hizo mirándote a los ojos con una sonrisa, agarrando tu mano y soltando una lágrima dulce.
Se había vuelto niña.
Te llamaba papá.
Se te dijo que tenías suerte al parecerte a ese padre amoroso que ella recordaría en lo más recóndito de su memoria.
Tu abuelo, que viudo se había convertido en padre y madre a la vez, respondiendo con cariño al reto que la vida había puesto ante él.
Un hombre insignificante para el mundo. No para quienes dependían de él. Tu madre y tu tío Manuel.
-¡Mamá!- soltaste en un quejido, poco antes de quedarte dormido, con la cara húmeda por un llanto silencioso que nadie pudo advertir.
Ese banco del parque no estaba libre cuando llegaste.
Ahora la calle era un dormitorio común.
No eres el único que tiene el cielo por techo y las estrellas como luz de dormitorio.
El mundo se ha convertido en un infierno.
Sobraste.
De nada sirvió tu capacidad y experiencia.
Los amos siempre miden beneficios y pérdidas.
Se te quitaron de encima para poner a otro en tu lugar.
En tu caso fue una joven recién salida de empresariales.
A ella le iban a pagar la mitad. Y a ti la cuarta parte.
Esa porción no es suficiente.
Los reveses de la vida te dejaron con una mano adelante y otra atrás.
Sí que recibes un pequeño emolumento.
Lo suficiente para que no mueras de hambre. Nada más.
Tus hijos no saben nada.
Hace tiempo que marcharon y no pueden venir a visitarte.
-¡Mejor!- dices, cuando lo piensas.
No sabrías como mirarles a la cara.
Muy de uvas a peras, te envían un mensaje al móvil. Escuetos en sus comentarios, no hacen necesarias muchas explicaciones.
El sol llega a tu espalda.
Se agradece.
Poco a poco tus huesos despiertan de ese anquilosado mal estar en que has vivido tu despertar.
Notas el vacío en tu vientre.
El vacío y la necesidad de evacuar.
No piensas en tus articulaciones maltrechas.
Te incorporas y recoges tus magras pertenencias.
Vas a ese bar próximo a tomarte el café aguachinado y un pedazo de pan reseco que guardas en los bolsillo, con algún que otro alimento. Te toca esperar para entrar en el lavabo. Otros han llegado antes.
Os miráis de soslayo y no intercambiáis gestos amables.
La desconfianza y necesidad imponen la ley del más fuerte.
Cuatro cosas que hay que defender con uñas y dientes.
Entra una anciana, y todos giráis para mirarla.
Ella reparte una moneda para cada uno.
Va metiendo su mano en un bolsillo que parece no contener peso alguno.
Nunca le falta ni sobra.
Cuando termina se va, dejando una sonrisa en el aire, que calienta el corazón endurecido de todos los presentes.
El camarero le saluda cuando entra y cuando se va.
El resto permanece enmudecido.
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